EL PARQUE DE LA REVOLUCIÓN

Transcripción: Carlos Méndez Villa/Analista documental

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Es costumbre en los asentamientos humanos abrir los panteones al servicio público, explotar económicamente a sus habitantes con la imposición de las cuotas correspondientes a las fosas destinadas a sepultar los cadáveres de sus respectivos deudos y los servicios anexos y, cuando ha concluido su cupo, mandarlos arrasar sin consideraciones ni respeto para los muertos que en ellos descansan, ni para sus familiares que han sido explotados con los derechos respectivos.

Una fosa vendida a perpetuidad por las autoridades, pierde este carácter el día en que el cementerio se llena y se clausura y la misma autoridad que ha explotado este renglón de ingresos, atropella con los huesos de los muertos y con los derechos de los vivos para dotar a la ciudad de nuevos jardines o colonias. Este procedimiento debería suprimirse por decoro y por respeto a las personas que nos han antecedido en el tránsito de la vida.

Por medio de este procedimiento, que a mí no me parece debido ni justo, han desaparecido los siguientes cementerios: Anexo a la catedral, anexo al templo de San Francisco de Asís, Panteón de San Felipe, el de la Merced, el General que se encontraba en donde está la Casa de Gobierno, el de Santa Rosa, que dejó su lugar a la colonia de San Rafael y al parque deportivo Municipal y el Cementerio de Nuestra señora de Regla, que fue el último en recibir la acción demoledora de la piqueta municipal. El anexo al Santuario de Guadalupe ya se encuentra en camino del arrasamiento.

El panteón de la Regla, con cuya denominación fue conocido popularmente, se encontraba situado en el corazón de la capital, limitado por las calles Nicolás Bravo, Tercera, Jiménez y Séptima. Fue abierto al servicio público en los lejanos días en que se presentó por tercera vez en la ciudad la epidemia del cólera- morbus. La multiplicidad de victimas y la lejanía del Panteón  de la Merced respecto del centro de la población, determinaron al Ayuntamiento a acordar que se abriera un nuevo camposanto para dar cabida más fácilmente a los muertos de cólera. Inmediatamente se contrató gente para comenzar la barda y abrir las primeras sepulturas, de acuerdo con la urgencia del caso.

El cura párroco de la ciudad, Pbro. José María Carballo, alegó la invasión de la jurisdicción canónica por parte de la autoridad municipal, en virtud de que en aquella época los cementerios se encontraban a cargo de la autoridad eclesiástica y porque los familiares de los sepultados no pagaban los derechos de fábrica, algo equivalente a los derechos que hoy se cobran por fosas temporales y derecho perpetuo. La disputa fue planteada ante el Obispo de Durango, Dr. José Antonio Zubiría y Escalante, quien la resolvió en una forma humana y conciliadora, mandando la cantidad de quinientos pesos para que acabara de bardearse y comisionó a don Pedro Horcasitas, persona imparcial respecto de las partes, para que personalmente vigilara la inversión.

Una vez concluido el nuevo cementerio y pasada la epidemia que había azotado a la población, quedó bajo la jurisdicción del titular de la Parroquia y se le llamo “Panteón de Nuestra Señora  de Regla”, en virtud de ser ésta una de las patronas de la misma parroquia.

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A partir de entonces el “Cementerio de Nuestra Señora de la Merced” se destinó para efectuar allí las inhumaciones de las personas de la clase humilde del pueblo y el de “La Regla” para las de elementos de las clase media y acomodada, aunque en los dos primeros años no se hizo ninguna aclaración en los registros de entierros, expresando unas partidas y otras: “…di sepultura eclesiástica a…en esta Parroquia de San Francisco y Nuestra Señora de Regla de Chihuahua…”.       A partir del 4 de noviembre de 1853 el titular o encargado de la Parroquia principió a hacer en los registros la separación debida, expresando unos que se sepultaba en el “Camposanto de Nuestra Señora de la Merced” y en los otros en el “Cementerio de Nuestra Señora de la regla”, aprovechándose uno u otro para efectuar las inhumaciones, según la categoría social, como está consignado antes.

Expedidas las Leyes de Reforma a mediados de 1859 durante la estancia del Presidente Juárez en el puerto de Veracruz, la relativa de 31 de julio quitó al clero católico toda intervención en la dirección y administración de los cementerios y casas de beneficencia que hasta entonces habían estado a su cargo y los pasó a la jurisdicción de las autoridades del estado civil. Entre los panteones locales en servicio se contaron los de la Merced y de la Regla, que todavía perduraron abiertos varios años.

En junio de 1884 el Ayuntamiento de la ciudad acordó la clausura del segundo en virtud de que ya no había cupo para abrir más sepulturas dentro de sus murallas y se ejecutó dicha disposición hasta el 31 de mayo de 1855. Sin embargo, con permisos especiales que extendían las autoridades en cada caso, mediante pago de cuotas extraordinarias, se hacían entierros de personas de elevada categoría social o económica o por razones de urgencia en los días trágicos de la Revolución, hasta 1919 en que el Gobierno del Estado dispuso que no se hicieran allí nuevas inhumaciones.- El Panteón de la Merced fue ampliado en el mismo año de 1884 y se clausuró definitivamente en 1895.

Varios intentos hicieron las autoridades locales para arrasar el Panteón de la Regla, como se había hecho con los demás cementerios de la ciudad; pero dichos propósitos tropezaron con la resistencia opuesta por numerosas personas que habían pagado derechos a perpetuidad y no estaban conformes con que se violaran éstos, ni que fueran removidos los despojos mortales de sus deudos.                                                                                                                                                Primero ocurrieron los interesados a la vía del amparo de la Justicia federal en contra de la resolución administrativa citada y posteriormente gestionaron el apoyo de las autoridades de la federación para que fuera declarado monumento nacional.

Fuente:

Guía Histórica de la Ciudad de Chihuahua/Colección Francisco R. Almada/1984.

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