LA MUERTE DE VILLA

por: Carlos Méndez Villa

Archivo Histórico/ ICHICULT

LA EMBOSCADA

El lugar elegido para la emboscada era una casa que comprendía dos cuartos independientes con una puerta cada uno a la calle los que fueron horadados en su pared medianera el primer día que fueron ocupados para que se comunicaran entre sí. Fueron alquilados en nueve de julio so pretexto de instalar en ellos un expendio de pasturas.

La casa marcada con los números 7 y 9 (hoy 15) de la calle Gabino Barreda estaba estratégicamente situada frente a la avenida donde, aunque el automóvil viniese a poca velocidad tenía que aminorarla para tomar la curva pronunciada a la derecha que conducía al puente de Guanajuato y a la entonces calle San Juan de Dios, hoy Maclovio Herrera.

Según librado Martínez, los asesinos se distribuyeron de la siguiente manera. En el cuarto de la derecha estaban: Jesús Salas Barraza, Melitón Lozoya, José Guerra y el mismo Librado. El grupo que bien podría llamarse dirigente y que fue el que efectuó la primera descarga. Lógicamente así tenía que ser puesto que ese cuarto era el más directamente enfocado a la avenida Juárez. En el de la izquierda estaban José Sáenz Pardo, Román Guerra, José Barraza y Ruperto Vara. Fuera estaba Juan López Sáenz Pardo en la esquina de la avenida Juárez y callejón Meza a fin de dar una señal que dijera a los asesinos con alguna anticipación de qué lado venia Villa en el coche.

Minutos después de las 8 de la mañana, los asesinos vieron la señal de su compañero. Villa conducía el vehículo, así que todos debían hacer la primera descarga sobre el asiento del conductor, luego, fuego a discreción. El automóvil avanzaba lentamente por la calle Juárez, casi para llegar a la calle Gabino Barreda, tuvo que frenar para pasar una zanja. Había llegado la hora. De pronto, el infierno.
Los proyectiles deshicieron el parabrisas y fueron a impactarse sobre los cuerpos de Villa y de Trillo. Al sentir los primeros disparos, Villa soltó el volante y el auto se impactó contra un fresno. El cadáver de Trillo quedó colgando de cabeza en la portezuela derecha, el cuerpo del centauro recargado sobre el respaldo de su asiento. Los asesinos dejaron las habitaciones, cortaron cartucho y frente al automóvil dieron el tiro de gracia a Villa y a sus compañeros. Luego tomaron sus monturas y salieron huyendo.

Los Autores Materiales

Se ha dicho que la muerte de Villa se debió a los odios que incubó con sus violencias y es desde luego un factor decisivo en su muerte aunque quizás no el único ni posiblemente el determinante.

Melitón Lozoya
Había viejos motivos de rencor entre él y Villa. Un tío de Melitón Lozoya llamado Hilario según relata el Ing. Torres “fue nombrado por Victoriano Huerta meses después del cuartelazo de la Ciudadela Gobernador del Estado de Durango, su cargo que nunca disfrutó porque los Arrieta se apoderaron de aquella entidad federativa y él no pasó con su nombramiento de Jiménez”. Esto no le proporcionó simpatías en la fila villistas.
Después… en el año de 1917, Justo Lozoya, hermano de Melitón, fue aprendido por Villa en Hidalgo del Parral exigiéndose por su libertad la suma de cuatro mil pesos pues era dueño de la hacienda de la cochinera.
Villa mando llamar a Lozoya en el año de 1923 al enterarse por boca de uno de sus hombres que Melitón Lozoya era quien antes de la llegada de Villa a Canutillo había Vendido todo lo que se encontraba en la Hacienda
El Centauro increpo a Lozoya y le advirtió que si no regresaba en el plazo de un mes todo lo que había vendido acabaría con el
Melitón Lozoya reunió en la cochinera a Crisóstomo, Juan y José Barraza, Juan López Sáenz Pardo y José Sáenz Pardo, Librado Martínez, José y Ramón Guerra y Juventino Ruiz y les comunicó el incidente tenido con Villa y su firme Propósito de acabar con Villa.

Días más tarde José Barraza, uno de los comprometidos le platico a su pariente Jesús Salas Barraza lo que estaban preparando y así se logro la conexión Jesús Salas Barraza- Melitón Lozoya.

El cuadro parece lógico.
Por supuesto hubo dinero. Posiblemente, como se dice, de fuentes oficiales o como también se afirma que los fondos salían de Gabriel Chávez, Jesús Herrera, Ramiro Montoya, Eduardo Ricaud, Jesús Montoya, Lalo Baca y Felipe Santaella.
Sin embargo, uno de los asesinos, Librado Martínez, asegura que el dinero no salió de Gabriel Chávez y demás comerciantes de Parral, sino de más arriba y afirma, incluso que Chávez se quedo con la Mayor parte.
El crimen tuvo la siguiente tarifa:
Trescientos pesos para cada uno de los ocho asesinos al final del complot (según Librado Martínez). $2.400.00
Cinco pesos diarios a cada uno de los ocho conjurados durante los días que mediaron del 10 de mayo al 23 de julio. $2,520.00
La renta de un año de alquiler de los cuartos desde donde se efectuó la emboscada a razón de $75.00 mensuales. $900.00.
La renta del local conocido como Huerta de Botello durante tres meses a razón de $40.00 al mes $ 120.00.
Mas la compra de provisiones para los emboscados y de la alfalfa que aparentaban vender.
Y por último las armas y el parque que se entrego a los complotistas y que eran las siguientes:
Jesús Salas Barraza disponía de un rifle automático Winchester 73 ochavado y una pistola calibre 45.
Melito Lozoya un rifle automático y una pistola calibre 45.
Román Guerra, Juan López Sáenz Pardo y José Sáenz Pardo, cada uno un rifle 30-40 y una pistola 45.
José Guerra un rifle calibre 30-30 y una pistola calibre 32-20.
José Barraza un rifle 30-30 y una pistola calibre 44.
Librado Martínez un rifle 30-40 y una pistola colt especial.
Ruperto Vara un rifle 30-30 y una pistola calibre 44.
En total seis o siete mil pesos, aparte el valor de las armas que debió ser bastante alto.
Con el dinero canalizado por Salas Barraza o Melitón Lozoya, más los rencores de Melitón Lozoya y sus Hombres quedo armado el escenario para la tragedia.
El grupo quedo formado por Jesús Salas Barraza, Melitón Lozoya, Román Guerra, Juan López Sáenz Pardo, José Sáenz Pardo, José Guerra, José Barraza, Librado Martínez y Ruperto Vara.

Los Asesinos y sus motivos
“El padre de Librado Martínez era Nabor Sáenz Pardo y aquel tenia cuentas pendientes que cobrarle a Villa por que este o por lo menos la gente a su mando, abatió a tiros a don Nabor”
“José Sáenz Pardo era hijo como Librado, de Nabor Sáenz Pardo y de María Chavira y se advierte que como Martínez deseaba cobrarse viejas cuentas con Villa tanto por la muerte de don Nabor cuanto por la del tío José Cayetano.”
“Juan López Sáenz Pardo deploraba la muerte de su hermano Ángel, de su primo hermano Jesús Franco y otros familiares, al impacto de las balas del Gral. Villa”
José Barraza había perdido frente a los contingentes de Villa a su hermano Gerónimo Barraza y a dos tíos.”
Los hermanos José y Román Guerra vieron como se enlutaba su hogar después de sangrienta refriega en Rio de Providencia, Dgo. Al caer algunos de sus familiares mientras las voces del bando contrario gritaban ¡Viva Villa!”
Aunque hubo otras tres personas a quienes Melitón Lozoya ofreció también entrar en el complot: Crisóstomo y Juan Barraza y Juventino Ruiz, los tres con relaciones familiares con algunos de los comprometidos e incluso con Melitón Lozoya y con los mismos agravios que los demás y sin embargo se negaron.
“No nos convino” aseguró Juan Barraza.
Lo que hace pensar que en los asesinos impero más el interés económico y político que la misma sed de venganza no hay otra razón para la incorporación de Ruperto Vara, joven de apenas 16 años y quien no tenia absolutamente ningún agravio que vengar del general Villa. La incorporación de este último, marca el carácter mercenario de la emboscada.

Los acompañantes del Gral. Villa

Ramón Contreras.- pertenecía a la escolta con que contaba en canutillo, el General Francisco Villa. Fue alcanzado por varios balazos en el asesinato del Guerrillero en parral, en 1923 y pudo huir disparando su arma que alcanzo a matar a Román Guerra. Contreras fue trasladado al hospital de Jesús, donde le fue amputada la mano izquierda y al cabo de cuatro meses se traslado a Durango, donde murió en 1944. Fue el único sobreviviente de la matanza era primo del General.

Miguel Trillo.- se le conoció por “Trillito” en señal de afecto y estimación. Hizo estudios en el instituto científico y literario de chihuahua, ciudad de la que era nativo. Sus estudios fueron tan brillantes que llego a establecer un sistema propio para la taquigrafía, cuyos autores fueron Wuordworth y Trillo. Fue hijo de don Paulino Trillo Ponce y de Doña Luisa Ortegón Ferrales. Para 1922 era ya jefe del estado mayor de villa. Murió en la emboscada sin oportunidad de defenderse ya que las descargas fueron cerradas.

Daniel Tamayo.- Nació en Coahuila. Se incorporó a la División del Norte comandada por el general Francisco Villa. Formó parte de su escolta de “Dorados” marcado con el numero 16 en la famosa fotografía de los dorados de villa fue de los generales que acompaño a villa a tlahualilo y otras acciones. Era su asistente y con él fue asesinado en parral, chihuahua recibiendo trece balazos.

Rafael Medrano.- Era de la escolta del General Villa y al ser asesinado este en la ciudad de Parral, Chihuahua, en 1923, alcanzo a salir del automóvil gravemente herido, siendo recogido y después llevado al hospital donde le fue amputada una pierna, muriendo a los ocho días. Fue uno de los únicos que salieron con vida de la emboscada.

Claro Hurtado.- acompaño a Villa en el automóvil en que fue asesinado en Parral, Chihuahua, pues era el asistente del coronel Trillo. Ellos murieron bajo las certeras y cerradas descargas de los fusiles homicidas. Hurtado alcanzo a correr; pero fue muerto al ser visto por uno de los asesinos.

Resalió Rosales.- era el chofer de villa y cuando este fue asesinado rosales viajaba en la salpicadera del automóvil, muriendo también instantáneamente.

Minutos antes de las ocho se subió el General al coche y tomó el volante. Iba a manejar y a su lado en el asiento delantero se sentó su secretario el coronel Miguel Trillo.
En el asiento trasero, el asistente del general, el dorado Daniel Tamayo y el Coronel Rafael Medrano. En los asientos convertibles el dorado Claro Hurtado, asistente del Coronel Trillo y el Coronel Ramón Contreras, jefe de la escolta. En la salpicadera del lado derecho el chofer Rosalio Rosales.
Todos ellos vestían el traje típico de dorado, de charro en paño negro con mitazas blancas y gorras tejanas y pistolas 45 con cachas de concha.
Saliendo de la calle Zaragoza enfilaron por la avenida Juárez rumbo a la plaza del mismo nombre y a su destino.
Al llegar a la altura del callejón Meza, Juan López Sáenz Pardo se levantó el sombrero con la mano izquierda en señal de saludo, señal para los conspiradores de que el general iba manejando y de la cercanía de la victima a los rifles asesinos.
Avanzo el automóvil rumbo a la calle Gabino Barreda a marcha moderada. Al iniciar la curva, tanto porque entonces el piso estaba sin pavimentar como porque el drenaje de la avenida Juárez iniciaba una zanja a la entrada, el coche hizo un pequeño giro a la izquierda y fue cuando se abrió la puerta del primer cuarto y de los cuatro rifles emboscados tras las pacas de alfalfa salió un huracán de fuego. Inmediatamente del segundo cuarto retumbaron las armas homicidas vomitando muerte y hasta Juan López Sáenz Pardo avanzó corriendo por detrás del coche disparando su pistola contra éste.
La vuelta al volante iniciada por el general no pudo completarse.
Balas expansivas y de acero brotaron de los ocho rifles en descargas sucesivas y hasta cerca de cien disparos acribillaron cuerpos y automóvil barriendo como un huracán con el Centauro y sus hombres.

Como es lógico todos los disparos iban dirigidos al general y tan acertadamente lo fueron que ni siquiera le dio a este tiempo- a pesar de sus formidables reflejos- a sacar su pistola. Quedó muerto recostado con el lado derecho de lacara contra el respaldo del asiento y con el cuerpo horriblemente destrozado por una bala expansiva que

pegó en el codo derecho y le destrozo el brazo, otra más en la mano derecha, una bala de acero en el codo izquierdo, una bala en el hemitorax que perforó los pulmones, otra en el hipocondrio derecho que le interesó intestinos y seis balas mas que le produjeron las heridas de menor importancia. Doce balazos, de ellos tres con bala expansiva que le alcanzaron de lleno.
El Coronel Miguel Trillo alcanzó a dar un salto en su afán de frenética huida, pero su pierna izquierda quedó enganchada en el muslo derecho del general y su salto solo le sirvió para sacar el cuerpo por encima de la portezuela del coche quedando colgado de espaldas hacia fuera. Tenía once balazos algunos de bala expansiva.
Rosalio Rosales que iba en la salpicadera murió instantáneamente de un balazo en el pecho y cayó de bruces al arroyo y con tanto ímpetu que, con la nariz, hizo un pequeño surco de varios centímetros en la tierra.
Daniel Tamayo fue muerto también instantáneamente de los trece balazos que recibió- iba sentado inmediatamente detrás del general Villa- y quedó muerto, sentado, con el rifle entre las piernas y recostado contra el lado derecho del coche.
Rafael Medrano alcanzó a salir del automóvil, pero herido en una pierna, en el pecho y en el brazo derecho, optó por tirarse al suelo debajo del vehículo fingiéndose muerto. Más tarde fue recogido aún con vida y llevado al hospital de Parral donde le fue amputada una pierna muriendo a los ocho días.
Los otros dos: Ramón Contreras y Claro Hurtado, heridos, corrieron hacia el puente de Guanajuato.
Ramón Contreras que fue alcanzado con varios balazos en el pecho, en las dos piernas y en el brazo izquierdo, corrió hacia la oreja derecha del puente en la esquina formada por la calle Gabino Barreda y la rivera del río de Parral. En su huida, ya herido, sacó su pistola y alcanzó a uno de los asesinos en el momento en que estos salían de los cuartos a rematar su obra. Su víctima, Román Guerra, recibió un balazo en el brazo derecho y otro en el pecho y quedó muerto bajo el dintel de la puerta.
En cuanto al dorado Claro Hurtado, con el brazo derecho destrozado por bala expansiva, al brincar del automóvil corrió al puente de Guanajuato donde por el andador izquierdo pretendió salir al rio y apenas había iniciado la marcha por dicho andador izquierdo pretendió salir al río pero encontró cerrada la salida por la huerta de Murillo. Se regresó y apenas había iniciado la marcha por dicho andador fue visto por uno de los asesinos que con el fusil embarazado y en actitud de protección a quien en esos momentos disparaba el tiro de gracia contra el general Villa, apuntó sobre Hurtado y le alcanzó en el pecho.

El Robo de la Cabeza

El día 26 de febrero de 1926 a primeras horas de la mañana, el administrador del panteón don Juan Amparan hacia su recorrido habitual ordenando los trabajos del día. Al llegar a la novena sección del cementerio su mirada se posó como era costumbre en el sepulcro del general Villa. No era difícil, ya que entre el andador y aquel hay un espacio vacío, sin tumbas.
Su sorpresa fue enorme. La tumba estaba abierta, rota la tapa de la caja que contenía los restos y dentro el cadáver pero sin la cabeza.
Rápidamente se traslado a la Presidencia Municipal.
El Presidente Municipal don Enrique A. Domínguez incrédulo ante la noticia y para no hacer un escándalo innecesario mando a severo Hinojos que en aquellos días fungía como Jefe del personal de jardines parques y panteones que averiguara lo sucedido.
La noticia fue bien confirmada y ya en una mas detenida inspección se encontraron cerca de la fosa algodones tintos en sangre, dos cuchillos y una botella de las llamadas tequileras con un liquido de intenso olor que en los primeros momentos se supuso que sería formol pero que, en realidad, no era más que alcohol. De la tumba, hacia la barda del panteón había gotas de sangre.
Fue llamado el médico municipal doctor José Abel Guerra Martínez para que con arreglo a la ley, efectuara una inspección del cadáver y quien llevo consigo su máquina fotográfica como era su costumbre en casos análogos.
La noticia corrió como reguero de pólvora por la ciudad y gran cantidad de gente se traslado al cementerio.
Parece que todo lo que se relaciona con la muerte de Villa está condenado a la oscuridad.
Si su asesinato se saldo a un costo mínimo, con una impunidad completa y una ignorancia oficial absoluta, su decapitación no corrió mejor suerte.

En Noviembre de 1925 el general Francisco R. Durazo recibe una oferta procedente de los Estados Unidos, de diez mil dólares por la entrega de la cabeza del general Francisco Villa.
El general llama al capitán segundo José Elpidio Garcilazo comandante de la primera compañía del 11 Batallón de infantería que manda el propio general Durazo y le da una orden: profanar el sepulcro de Villa, cortarle la cabeza y traérsela al general. Todo con la mayor reserva.
El capitán Garcilazo se resiste a obedecer la orden, pero – es 1925 y aun duran muchas costumbres revolucionarias- teme las represalias. Transcurren dos meses sin que se ejecute, con diversos pretextos, pero el general Durazo ordena se efectué en incluso recomienda al capitán Garcilazo comisione al cabo José Silva para efectuarlo materialmente, pero como este comienza a hablar en las cantinas del encargo ordena se le quite y se le dé al cabo Figueroa.

Ni aun así se decide el capitán Garcilazo a ejecutar la orden. El general Durazo le apremia y le asegura que es orden del general Obregón y que si no se efectúa se realizaran ciertos ajustes y ante esa amenaza forma un grupo que ejecute la orden y otro que lo proteja.
Y así a comienzos de febrero de 1926 queda formado el primero con el cabo Figueroa y los soldados José Martínez, Nivardo Chávez y Anastasio Ochoa. Y el segundo con los sargentos primeros Daniel Flores y Felipe Cruz con algunos soldados, todos los cuales apostados en las afueras del panteón, tenían orden de prohibir el acceso a este de cualquier persona

A las diez de la noche del día 5 de febrero el cabo Figueroa recogió con el cabo Domingo Millán Zamacona dos barretas y una pala y agrego una botella con alcohol para desinfectarse las manos.
Llegados al panteón saltaron la barda del mismo por un lugar llamado La Noria donde había una antigua pila semi destruida. Ya junto al sepulcro escarbaron por un lado de la sencilla tumba y rompieron las losas de encima. Sacaron el ataúd y rompieron la tapa.
Nirvardo Chávez con una de las barretas separo la cabeza del cuerpo pero fue José Martínez con un cuchillo quien termino de cercenarla.
Al hacerlo se hirió y derramo la sangre que se encontró horas más tarde junto a la tumba.
Eran ya las tres de la mañana cuando terminaron y se dirigieron al cuartel. José Martínez bastante bebido pues tomo en el panteón de la botella de alcohol que llevaban.
Al día siguiente se entrego la cabeza al capitán Garcilazo quien ordeno al cabo Figueroa que la llevara al sargento Rodríguez, jefe de la escolta del general Durazo.
Interviniendo tanta gente, muchos de ellos soldados que actuaban bajo órdenes, irresponsables y borrachos algunos de ellos, la noticia no pudo quedar secreta.
Supieron de ella con todos sus detalles el teniente coronel Ignacio Sánchez Anaya, el sargento primero José Zafra Herrera, jefe del detall del Batallón, y por supuesto connotados villistas parralenses a quienes pusieron en antecedentes antiguos compañeros de armas encuadrados en esa fecha al 11 Batallón.
Todo ello motivo a Emilio Holmdahl que debía recibir la cabeza saliera para EE.UU. sin cumplir su encargo ante su detención y expulsión de Parral, trasladándose a el paso donde quedo en espera del general Durazo.
Este recibió la cabeza por conducto del cabo Figueroa-sargento Rodríguez y se traslado a la frontera llevando la cabeza en una petaquita no sin antes recriminar al capitán Garcilazo por la mala forma en que se llevo a cabo la decapitación, esto es, dejando la tumba abierta y el cadáver al descubierto, lo que dio lugar a la detención posterior de Holmdahl.
La muerte a los dos días del mas parlanchín del grupo, José Martínez, la precipitada salida a México del teniente coronel Ignacio Sánchez Anaya, la deserción de varios de los componentes de los dos grupos que hicieron y vigilaron la decapitación, motivaron la destitución del general Durazo el 10 de marzo

Divulgación de la Noticia

Inmediatamente del asesinato, don José G. Rocha, director del diario local El Correo de Parral se lanzó al teléfono para comunicar la noticia al mundo entero. Allí se encontró

Con Jesús Salas Barraza que ponía el siguiente mensaje al general Jesús Agustín Castro, gobernador del Estado de Durango:
“hoy fue asesinado el general Villa. Saludos. J. Salas”
Al propio tiempo el coronel J. Félix Lara como máxima autoridad militar puso otro telegrama al general Obregón, Presidente de la República.
Y salió otro más del jefe de Telégrafos de Parral que decía:
Presidente de la República. Urgente. Permitome comunicarle a usted que en estos momentos fueron asesinados en esta Ciudad general Francisco Villa y coronel Miguel Trillo por miembros de su misma escolta. Respetuosamente. Jefe de Telégrafos. P. Navarro.”
Minutos más tarde llegaba a manos del General Obregón otro telegrama más, este del general Eugenio Martínez, jefe de las operaciones militares:
“Chihuahua, Chih. 20 de julio 1923—En estos momentos, nueve de la mañana, se han recibido noticias de haber sido asesinados general Villa y coronel Trillo en Hidalgo del Parral, Chih., por hombres de su escolta. Ya ordeno salida de fuerzas a Canutillo a fin de Guarnecer aquel Lugar… General de División J. 5ª JOP E. Martínez.”
Y poco después. Otro más:
“Cuartel General de Chihuahua 20 de julio 1923. C. Presidente de la República General Álvaro Obregón. N° 1. El Coronel jefe de la guarnición de Parral, Chih. En mensaje que dirígeme dice lo siguiente”:
“… el teniente coronel Barrios Gómez y el suscrito hicimos inmediatamente que nos dimos cuenta del caso, toda clase de averiguaciones… Como no tengo caballada no me fue posible hacer persecución pues solamente me he concretado a explorar los distintos destacamentos dependientes de este sector…”
La contestación de la Presidencia al coronel Lara fue muy decorosa:
“… Ejecutivo mi cargo no cree fundada excusa de usted de haber sido impedida persecución de asaltantes por falta de caballos, pues dado el número de individuos habrían sido suficientes diez o quince caballos para la inmediata persecución los que debieron haberse tomado de las personas que los hubieran tenido a la mano y cualquier arreglo que con ella se hubiera hecho para obtener animales habría sido completamente justificado. Obregón.”
Esta inactividad militar tan suavemente censurada, para guardar las formas, por Obregón y nunca castigada, estuvo curiosamente completada con una interrupción del telégrafo entre Parral y Canutillo.
En el informe de la Comisión cameral se dice que esta interrupción duró hasta la una de la tarde, cinco horas de silencio más que suficientes para tomar las precauciones militares necesarias ante el temor de un ataque de la gente de la hacienda.

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Fuentes:
Muerte de Villa (Antonio Vilanova)
Yo Mate a Francisco Villa (Víctor Ceja Reyes)
Yo Decapite a Francisco Villa (Víctor Ceja Reyes)
Boletín Fideicomiso Archivo Calles- Torreblanca
Periódico La Patria (El Paso Texas)
Archivo Histórico ICHICULT
El verdadero Pancho Villa (Ángel Rivas López)

 

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