GENERAL MIGUEL SAAVEDRA ROMERO

Transcripción por: Carlos  Méndez Villa

Archivos y Colecciones Especiales/ICHICULT

Quien en Celaya voló el brazo derecho al Gral. Álvaro Obregón.-

La Revolución se ha olvidado de muchos de sus mejores hijos. Las circunstancias o los motivos pueden ser muchos, variados e increíbles, pero el caso es que existen muchos revolucionarios, que supieron serlo en el más completo sentido del vocablo y que sin embargo sus nombres, apenas si son conocidos, cuando no la ingratitud, es la pasión, la conveniencia o sencillamente la ignorancia de los hechos las que han puesto sobre su recuerdo túmulos de polvo y cerros de olvido.

Uno de esos hombres, entero, noble, valiente, audaz, idealista, es el General Miguel Saavedra Romero, nacido en Villa Aldama, Chihuahua, un pueblo cercano a la Capital del Estado del mismo nombre, famoso en el pasado por sus hortalizas y frutales que diariamente abastecían la Ciudad de Chihuahua; primero, desde 1621, llevo nombre se San Jerónimo y posteriormente Santa Ana de Chinarras, por haber fundado en ese sitio una Misión Evangelizadora los Religiosos de la Compañía de Jesús en el año de 1717…

Vamos a hablar pues se Saavedra, el valiente chihuahuense, el hombre de una pieza, Villista a carta cabal, Revolucionario de pura cepa, patriota de muchos quilates.

Como quisiéramos que nuestras pinceladas lograran formar una acárela, con tal fuerza en sus colores, que pudiera retratar la figura de un chihuahuense que increíble e injustamente está relegado a pesar de que muchas veces, dio pruebas de un sereno valor, de una entrega total a la Causa de Madero, de un idealismo sin sombras…

Miguel Saavedra Romero, nació el 29 de septiembre de 1885.

Tenía 28 años cuando la juventud está en todo su esplendor y el hombre toma, a conciencia, las determinaciones más serias de su vida.

Todos sus hermanos –tuvo  dos Mauricia y Dolores y cuatro medio hermanos por parte de su padre: Manuel, Juana, Pedro y Carlos—lo quisieron mucho y lo respetaron.

Realmente sorprende cómo el nombre del General Miguel Saavedra, no aparece en la mayor parte de los relatos, que se refieren a Francisco Villa.

Y la sorpresa es lógica. ¿Cómo es posible que así suceda, cuando está comprobado, hasta la saciedad que Villa, le tenía una confianza ilimitada al Aldamense? Fueron muchas las ocasiones en que Saavedra fue comisionado para decirle en nombre de la oficialidad “algo delicado” a Pancho Villa, pues, por si estas o si por las otras, la mayor parte de su gente, además de tenerle gran cariño y mucho respeto… le temían también mucho.

La afirmación es unánime:

¡Que gran artillero fue el General Saavedra!

 Tenia que serlo, era de las meras confianzas, “pero muy de las confianzas de quien había hecho de la artillería todo un arte: General Felipe Ángeles.

Su carrera militar es corta, pero constelada de acciones brillantes.  Si no fue muy amplio el cielo de sus actividades guerreras, en él pudieron brillar hermosas estrellas, que marcaron señalamientos inolvidables.

Se cuenta, entre otras cosas, que nunca perdió una sola pieza de artillería… se dice, que era tan valiente y sobre todo era tan buen jefe, que supo imprimir ese sentimiento a sus fuerzas, y sus tropas sabedoras de que contaban frente a ellas con un hombre a carta cabal, eran verdaderos leones a las hora de la batalla o de los encuentros con el enemigo.

Su primer combate, lo libró dignamente por cierto en San Andrés, Chihuahua. Allí, gana  a pulso, tras demostrar “lo que se traía”, el significativo grado de Capitán Segundo. El mismo año de 1913 en Jiménez, en brevísimo tiempo se le asciende a Capitán Primero.

En el muy famoso y comentado Combate de “Tierra Blanca” Saavedra vuelve a poner muy alto el grado de su valentía. El premio es meritorio y justo: Se le otorga el grado de Mayor.

Después de la Toma de Torreón, combate tan cantado y comentado como sangriento, Saavedra luce las insignias de Coronel.

En la memorable Batalla de “El Ébano”, Saavedra fue figura principal.         Su artillería, acertada, eficiente, dio mucha guerra a los enemigos. Aquella jornada librada en una Estación de Ferrocarril, del Puerto de Tampico, costó muchas vidas a ambos lados.

Como se recuerda la furiosa embestida de los Villistas, que duró catorce días, y en los cuales éstos hicieron gala de inaudito coraje, de arrojo indomable, aunque al final de cuentas no pudieran lograr el éxito soñado…!

Un día de los primeros de junio, el General Villa con sus Dorados, se echó personalmente sobre el enemigo tratando de sacarlo de Trinidad y de ello fue testigo el General José Ruiz.

Hubo muchos movimientos. “Al observar detenidamente la posición del enemigo, nos dimos cuenta de que próximo a la casa principal de la hacienda, corría una cerca de piedra, en dirección norte-sur, que estaba totalmente cubierta de soldados carrancistas de caballería. “Se me ocurrió en ese momento, pedir autorización, a mi Jefe el General Madinabeitia, se dispararan unos cuantos cañonazos sobre el enemigo allí parapetado, pues acabábamos de rebasar la artillería del General Miguel Saavedra que emprendía su marcha rumbo a Occidente y me regresé unos trescientos metros ya debidamente autorizado”                                                 “Saavedra ordeno hacer alto y emplazar las piezas, haciendo fuego sobre la Hacienda.  El primer disparo fue corto y cayó en el fondo del Bajío, que está al terminar unas lomas, en que se halla enclavada dicha hacienda.”       

 “Se rectifico la puntería y los siguientes disparos cayeron sobre el blanco escogido, levantando gran polvareda y confusión entre la tropa parapetada en la cerca.  “Uno  de los disparos fue el que la causo al General Obregón la pérdida del brazo derecho, suceso que, naturalmente, nosotros ignorábamos”.                                                                                                  “Como una hora después, nos dimos cuenta de que un numeroso grupo, iba con rumbo a Trinidad, llevando al herido”.

Hace tiempo ya que Saavedra pagó el precio de su temeridad: Ser anti-porfirista, ser anti-huertista, sin claudicaciones y sin sombras”

Platican en la placita de San Francisco, dos hombres que llevan en sus cuerpos las rúbricas de muchos combates importantes.

Entre los recuerdos de grandes hechos, o de derrotas dolorosas, uno de ellos comentó, casi con lágrimas en los ojos:  “efectivamente, mi amigo Saavedra era muy macho, pero de verdad, por los cuatro costados. No crea usted que lo de la valentía es un cuento más de tantos que ruedan, coronando héroes falsos. Saavedra, a toda hora, en todo momento, supo demostrar que era de oro de muy buena ley, su comportamiento hombruno”.  

“–¿No ha oído Usted lo que le dijo a la fiera de Murguía?”  

 “—no francamente, no me acuerdo…”

 “fue cosa grande lo que allí sucedió. Cosa para que hubiera quedado consignada en todas las historias oficiales, porque es una lección estupenda para nuestra juventud.                                                               

Fíjese Usted bien, porque vale la pena no perder detalle:

“Están frente a frente el General Murguía y el Revolucionario de Aldama.  

De pronto pregunta a aquel Saavedra:

 –¿Que será bueno hacer con usted?

“A su estilo y sin inmutarse, contestó Saavedra

“—Exactamente lo que yo hubiera hecho con Usted si lo hubiera “agarrado”.          

  “— ¿Y qué había hecho? Preguntó a su vez, no sin cierta sorna, sin cierto interés vencedor:                                     

“—Colgarlo…”                                                                                                                                                                                             “Y ” Y claro, no era los suficientemente noble Murguía como para perdonarle la vida a un hombre entero, vertical, de envidiable entereza. Y mandó colgarlo…”

“Unos minutos antes de su muerte, tuvo la “humorada”, no puedo decirlo de otra manera, de pedir que le llevaran un cartón y un carboncillo, o algo parecido. No se supo siquiera como se le consiguió tan rápido. El caso es que una vez que los tuvo en sus manos, escribió con letras grandes y claras:                                                                                                                                                                                              “ESTE ES EL GENERAL MIGUEL SAAVEDRA…”

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Así era su carácter, su formación espiritual, producto de su idealismo sin mancha, resultado de haber llevado una vida digna. Y podemos proporcionar de inmediato otra prueba: Le escribió una carta a Sarita, el amor de su vida, la esposa que supo entenderlo, quererlo y amarlo a toda hora, redactada en estos términos:      

“Sra. Sara. M. Vda. De  Saavedra:

Te encargo a mis hijos. No llores por mí, pues dises que el que es perro que lo orquen. Hasta otra vida. Miguel…”

 Saavedra fue un auténtico campesino. De los que aman la tierra con pasión. De lo que saben quererla, como a una hermana, como a una novia, como a una esposa. O como a todo junto.

AMANDA HERNANDEZ ROMERO

 

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