General Villista

Pena de Muerte

General Pablo López

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La inquietud política de Chihuahua era tensa, y el ambiente psicológico sombrío y poco alentador; la intervención norteamericana con perfiles punitivos estaba en su apogeo, columnas extranjeras se habían adentrado hasta Parral, pero el pueblo encabezado por una mujer, les había hecho retroceder para seguir merodeando por el Norte al mando del obstinado Gral. John J. Pershing, bajo el pueril pretexto de que Pancho Villa había violado la soberanía de la Unión Americana, al atacar Columbus, cruzando la frontera  por   Palomas.                                                                                                                                                                                                               

Eran las tres de la tarde de un seco y caluroso domingo 4 de julio de 1916, y en el cuartel del Doce, sede del Batallón Benito Juárez de la Brigada Hidalgo, dos Oficiales y un Sargento platicaban quitados de la pena frente a la sala de Banderas cuando llego el Teniente Coronel M. Reus, aquel mismo militar que conducía la tropa por Linares, N.L., cuando el trágico descarrilamiento del convoy que se precipitó por una pendiente del kilómetro 408 en el día 7 de junio de 1915, en que hubo espantosa mortandad, y del que las difamantes lenguas hablaban de que había sido culpable.

Después del saludo de ordenanza, dirigiéndose a uno de los oficiales, le dijo:

-¡Teniente Galdino! Comisione al Sargento de turno para que prepare de inmediato un pelotón y lo ponga a las órdenes del Mayor Chávez que está esperándolo en la penitenciaria.

El cuartel del Doce estaba ubicado precisamente al costado izquierdo del penal calle por medio, mismo cuartel que mas tarde serviría para pasar por las armas al distinguido Artillero y Ex-Director del colegio Militar, Gral. Felipe Ángeles, por el delito de haber dado la espalda a D. Venustiano Carranza y haber seguido al rebelde Villa.

Unos minutos mas tarde ya estaba el pelotón frente al penal, y el Sargento Mayor Chávez que estaba con el Director bajo un tinaco de hierro que surte de agua a la prisión. El mayor ordenó al Sargento que hiciera pasar a los soldados, y que él le acompañara a una diligencia.

Poco después los tres hombres, Director, Mayor y Sargento fueron a la crujía 4 destinada para los reos peligrosos. Ya dentro de la hórrida galera de hierro y piedra, el Director abrió una celda en que estaba un reo incomunicado vestido de civil ranchero y a su lado dos muletas y un sombrero de ala ancha. Al ver el Mayor al prisionero, le saludó:

-¡Buenas tardes !mi Coronel!

-¡Buenas tardes! – Contesto el aludido y siguió, -¿Para que soy bueno mi mayor?

-¡Una ordencita, mi Coronel!

-¡Estoy en sus manos mi mayor-!  Y con la vista fija, el Coronel denotaba seguridad al decir aquello.

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El Mayor Chávez le hizo saber en forma tajante que iba a ser pasado por las armas al día siguiente en lugar público, en acato a lo señalado por le decreto del Jefe del Ejercito Constitucionalista, a causa de los sucesos de Santa Isabel y Columbus, y que desde ese momento pasaría a “capilla”, confinamiento destinado en sus últimos momentos a los condenados a muerte y que estaba ubicado en el segundo piso del penal.

El hombre inválido al que se le había notificado iba a terminar su vida; era el General villista Pablo López Aguirre, temible guerrillero que había acompañado a Villa desde antes que este usurpara el mando de San Andrés el 21 de noviembre de 1910 cuando murió Yépez, pero que habiendo caído en manos de la acordada en compañía de Claro Reza, estuvo en prisión hasta 1912 en que se fugo y volvió al lado del Centauro. Ataco  en compañía de Rafael Castro el tren de Santa Isabel donde mató norteamericanos, y en Columbus resultó gravemente herido, por lo que fue hecho prisionero en la Sierra de los Frailes frente a la Silla, cerca de la Molina.

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El Guerrillero escuchó la notificación sin inmutarse y sin decir palabra, y entre el Director y el Mayor le ayudaron a ponerse de pie, también a caminar para que no tuviera que hacer uso de sus muletas, mientras el Sargento cargaba con ellas, su sombrero, unos libros y papeles.

Instalado en el último aposento de su vida, con dos soldados como guardias de vista, para que no fuera a suicidarse, el Sargento recibió instrucciones del Mayor y que debería observar en su custodia hasta que el reo fuera llevado al paredón.

-¡En caso de que su hermano pretenda rescatarlo atacando la prisión, Ud. debe ultimarlo personalmente – Ordénole el Mayor al Sargento.

A las 6 de ese 4 de junio, llegó un sacerdote de apellido Delgado a visitar al General, el Sargento ordenó que los centinelas se retiraran un poco para que los dos hablaran, pero la entrevista fue breve. A las 7 le pidió al Sargento que le escribiera una carta para despedirse de su familia, y éste accedió mientras le fue dictando.

“Penitenciaria del Estado,

A Bustillos,

A Jesús López y Antonia Aguirre,

Apreciables papás hoy dedico la presente con la finalidad de despedirme de mis hermanitos y de ustedes, y vivan orgullosos pues su hijo no muere por traidor. Muere porque mis hermanos de patria lo condenan, de lo que mis enemigos de patria no les conceda que mi presencia se borre de una patria les encargo a mi inolvidable esposa y a mi hijo y a mis hermanos y que los espero en mi eterno  descanso, Adiós padres míos. Junio 4 de 1916”

Y el sargento también firmó por el reo porque éste así se lo pidió y la misiva llegó días después a sus destinatarios y su madre al recibirla, en lugar de llorar, estoicamente dijo: “Su hermano, el que va a nacer, llevara su mismo nombre”. Y lo cumplió.

A las ocho, cuando ya oscurecía, el reo y el sargento platicaban, aunque éste sabía que la ordenanza se lo prohibía, pero violaba los ordenamientos militares en un acto de humanismo, el condenado a muerte se lo había pedido; era ya un inválido imposibilitado sujeto a la venganza; antes temible guerrillero, muchas veces sanguinario por que imperaba la violencia a causa de una sociedad cerrada y potencial  que obligó a muchos infelices a tomar las armas, y estaba en la antesala de la muerte, de una muerte irrevocable. Llegaron con la cena y era  mas que suficiente para dos personas, ricas viandas de buena calidad, y cenó recordando las largas abstinencias que pasó cuando era niño, recuerdo triste y lamentable que rayaba en la ironía, e insistió al Sargento compartiera el bocadillo postrer en una vida de miseria y violencia.

En diálogo sincero ambos hombres platicaron hasta las once de la noche y el sentenciado se quedó dormido, un sueño que sólo interrumpieron a las cinco de la mañana los soldados, al sonar sus armas en un cambio de guardia.

A las siete esperaba ya la hora fatal parado y sostenido en sus muletas.

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A las ocho le llevaron el almuerzo y era también abundante y casi no probó bocado, estaba inquieto, pero sin demostrar ningún temor y seguía platicando en un monólogo lleno de amarguras y reproches para una sociedad aristocrática y petulante, y en el que demostraba satisfacción por los hechos cometidos y de los que mostraba no retractarse.

A las nueve concibió cierta esperanza de que suspendieran la ejecución o que hubiera algún indulto diciendo: “Ya se pasó la hora en que se acostumbra tronarle a los que van a fusilar, tal ves hayan arreglado algo los míos”.

A las diez llegó el Mayor acompañado del director y al verlos, con serenidad les preguntó.

-¿Ya es la hora, señores?

-¡Si mi General!

-¡Estoy listo! – volvió a decir el General López.

Al Sargento se le ordenó que sacara a los soldados y los sumara al destacamento que estaba fuera del penal. Pocos instantes después los tres hombres abordaron un coche de caballos y en medio de una imponente escolta caminaban rumbo al centro de la ciudad, donde iba a ser la ejecución, ante la mirada curiosa de un populacho ávido de emociones fuertes y morbosas.

A las diez con cincuenta minutos, junto al paredón de la cárcel vieja cayó abatido por el pelotón de fusilamiento aquel temible guerrillero villista, que no permitió que le fueran vendados los ojos, y señalo con la mano el pecho para que allí le hicieran la descarga, sin lograr la palabra pecho que cortó la detonación y sólo alcanzó a pronunciar: “Al pe…” Carrasqueado erró el tiro de gracia y tuvo que hacer un nuevo disparo con la reglamentaria sobre el cadáver del abatido guerrillero.

Su defunción certificada por los legistas Samuel Vázquez y E. Martínez, y su inhumación en el Panteón   Nuevo (municipal) en la fosa N° 1351 por la agencia funeraria de D. Prisciliano Lozoya, y su deceso fue registrado por el Juez Interino Francisco Mendoza en el libro 69 a fojas 68, y el Sargento, que mas tarde seria el Teniente Guadalupe García Ramírez con patente registrada en la Sría. De Guerra y Marina, en el libro 1038 a fojas 186, dejó esto escrito en sus memorias y hoy descansa en tumba contigua a la que ocupa D. Práxedis G. Guerrero.

 

Pascual García Orozco

EL NORTE MISTERIOSO Y LEGENDARIO

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